Viajar es lindo hasta que ves tu cuenta y se te cae el balde de agua fría, no hay presupuesto, no hay ahorros, pero las ganas siempre están. En Santa Cruz uno cuando dice que esta yesca todos lo entienden, es esa mezcla de estar cero, y aún así pensar que “algo se me va a ocurrir, así que igual me voy”.
Este viaje nació de ahí, de esas ganas que no entienden de cuentas bancarias. No hubo plan, ni reserva, ni maletas nuevas, ni tampoco la típica organización de último momento (que cuesta casi igual que el viaje). Solo la necesidad de salir, de cambiar por otro tipo de ruido de una ciudad o pueblo distinto.
Cuando solo te alcanza para el impulso
La idea de viajar sin plata suena medio ridículo hasta que lo haces, lo primero que aprendes es que las expectativas pesan mas que la mochila. Si te la sacas de encima, todo se vuelve más fácil. No necesitás lujos sino ingenio y paciencia.
En Europa ahorrar es solo cuestión de estrategia. Viajar en temporada baja, buscar vuelos a las 3 a.m con escalas y dormir donde se pueda. Hay que moverse con la cabeza, no con la billetera. Al final, la experiencia vale más cuando cuesta esfuerzo. Y si hay momentos súper incómodos. Como por ejemplo: comer puros sándwiches, caminar con hambre o dormir en un asiento de tren. Pero también hay sensación de libertad que no se compra ni con un boleto en primera clase.
Un viaje para contemplar
Lo que más me gustó fue ver Europa sin el filtro de Instagram. París siendo París, pero cuando estas yesca, no se porque el cerebro mira distinto todas las cosas, automáticamente piensa: “no hay cenas elegantes, ni fotos desde terrazas lujosas”, como lo pintan en las películas o todos tus amigos que han ido a París y esas son las típicas fotos.
En Lisboa me perdí sin señal, y fue lo mejor que me pudo pasar. Caminé sin mapa, sin apuro, sin pensar en si tenía batería. Budapest fue una locura: calles llenas de vida y gente igual de yesca que yo, pero de igual manera feliz!

Ahí entendí que el viaje no se trata de mostrar, si no de sentir. De reírte del cansancio, de las duchas frías y del sándwich mixto improvisado.
Unos truquitos que los mocasineros no entenderían:
- Comida: supermercados, panaderías y mercados locales. (Los que te quedan al paso).
- Transporte: Trenes y buses que te llevan lejos por monedas
- Equipaje: una mochila, dos mudas de ropa y listo. Cada kilo de más es un dolor de cabeza
- Actitud: sin miedo, ni vergüenza de preguntar, caminar y aceptar ayuda. La mayoría de la gente te entiende cuando ve que vas con buena onda.
No se trata del “no tengo” es aprender a rebuscártela. A gastar lo necesario y vivir con lo que hay, es también entender que la verdadera aventura de la vida empieza justo donde se acaba el confort.
Ciudades que se disfrutan con poco
Europa tiene lugares que parecen pensados en los que viajan sin mucho, sin duda Praga es uno de ellos, te da historia, música y cerveza barata. Lisboa tiene mucha calma, lo que te hace querer quedarte más tiempo. Budapest vibra alto sin pedirte nada a cambio. Y Krakovia te hace sentir parte de algo cálido y antiguo al mismo tiempo.
Descubrís que no hace falta pagar entradas caras para sentirse en un sueño. Basta con mirar, caminar y dejar que la ciudad te envuelva con su belleza.
Muchas veces, lo que te incomoda, te termina gustando
El estar justo y no tener, te enfrenta con vos mismo. No hay excusas, no hay zona segura, si algo sale mal, vos sos el que resuelve, si te perdés, preguntas, si no hay comida, esperás.
Y cuando algo sale bien, creéme que lo disfrutas con muuuchas más ganas!
Aunque no creas el cansancio te gana. Dormís poco, comés mal, pero igual seguís. Porque hay algo adictivo en eso de vivir sin guión, sin filtro, sin plan. Aprendés a valorar lo que antes ni notabas: una ducha caliente, una cama limpia, un saludo amable.
La hora de volver
Fue muy raro volver a la misma rutina, Santa cruz seguía igual: la gente, el calor, el apuro del tráfico de siempre, pero yo no era la misma, viajar sin dinero me enseño que lo esencial no cuesta, ya que podes estar cero, pero rico en momentos.
El lujo ahora lo veo diferente, lo caro no siempre vale, lo real si. Las historias, las risas, las personas desconocidas que se vuelven amigos. Todo eso se queda, aunque la plata se haya quedado en el viaje.
Aprendí que no es una vergüenza ser yesca, es una forma de mirar la vida sin tanta postura, sin tanta aprobación. De entender que a veces la mejor experiencia no se paga, se vive.
Este no fue un viaje para presumir. No hay una lista de “cosas que hacer”, no hay fotos perfectas en terrazas ni en restaurantes súper costosos. Fue un viaje hecho con lo que había, y por eso mismo, fue perfecto.
