Stranger Things: la nostalgia que Netflix convirtió en una marca

Si creciste en pleno siglo XXI pero jurás que podrías sobrevivir en 1985 con una bici, un walkie-talkie y una polera de The police (y hasta lo añorás) es culpa de Stranger Things. Lo que empezó como una historia de terror con niños nerds y el traje perfecto para Halloween terminó siendo una de las grandes sensaciones mediáticas a nivel mundial, una máquina perfectamente calibrada con una identidad que vende hasta playlists en Spotify. 

Lo querás o no, desde el primer episodio toda su composición nos suena a un recuerdo que no es nuestro, pero que igual nos pertenece. De la mano de sus creadores, los hermanos Duffer, la plataforma transformó la nostalgia en branding e influencia: colaboraciones con Nike, H&M, Levi´s, Vans o Lego replican el universo visual en mercancía emocional (o merchandising). Campaña para aplaudir de pie. Pero fuera de esto; ¿Qué tiene esta serie que, después de cuatro temporadas, seguimos esperándola con ese dulce tormento de no querer que acabe?.


El universo verosímil 

La detallada y enredada cronología de Stranger Thigs es sin duda una de las grandes razones por las que la serie es original entre tantas referencias y homenajes conocidos. Toma los mejores componentes de la ciencia ficción para crear un mundo paralelo, el “Upside down”, y no sólo hacernos sentir que realmente existe, sino hacernos amar y reconocer miles de teorías de cómo un mundo afecta al otro. 

Seguro vos también te diste cuenta que entre tantas posibilidades, en todas terminamos emocionándonos (para bien o para mal) con el Upside down, y esa es una de las grandes obligaciones que tiene una ficción para validarse como tal frente al público. No importa cuán fantasiosa pueda ser una suposición, si su estructura es creíble dentro de los parámetros, nuestra entrega emocional e identificación con los protagonistas será inmensa. 

Es entonces cuando entendés que el Upside down nunca fue sólo un lugar: es una metáfora del miedo colectivo. El monstruo (Vecna) que cambia de forma cada temporada, pero siempre representa y detecta lo mismo: la ansiedad, el trauma, la incertidumbre, el lado oscuro que cada personaje evita mirar. Es ahí donde el pueblo de Hawkins representa a cualquier sociedad que prefiere esconder el problema antes que enfrentarlo. 

El núcleo emocional

Las primeras temporadas tenían un encanto quizás algo repetitivo: niños en bicis enfrentando horrores sobrenaturales con una linterna en la mano y sólo una amistad como escudo. Era simple, honesto, casi Spielbergiano. Pero luego, el público creció a la par de los actores, y la serie lo tuvo que hacer lo mismo, aunque ese tránsito no siempre fue fluido y pudo provocarnos una pequeña desazón. 

Transformaron el terror en algo más psicológico, las tramas más oscuras y el tono más adulto. Llevándonos a la metamorfosis del análisis: la forma en la que se estigmatiza a Vecna por sobre a los demás villanos… Nos hizo preguntarnos: ¿qué es el bien? ¿qué es el mal?, cuáles son las razones por las que se señala sólo uno de estos monstruos cuando en realidad ese es sólo el más grande, la forma en que se origina, la exagerada irresponsabilidad de los adultos como un común denominador en la población de Hawkins… ¿alguien puede pensar en los niños? (aunque ya no seamos nosotros). 


Mujeres que sostienen el caos

Joyce, Nancy, Max y Eleven son el soporte emocional de la serie. Son las que enfrentan el miedo, sostienen la trama y empujan la acción. Ahí es donde incluso Stranger Things no logró escapar de los clichés: la gran mayoría de las veces, la serie las pone en el típico rol de salvadoras emocionales, contención de víctimas o mártires silenciosas, ¿descuido intencional? ¿nos sorprende?.

A pesar de eso, ver a Eleven y percibirla tan orgánica cada vez que le sangra la nariz después de que ejerce su superpoder o a Max volar mientras suena Running Up That Hill (de Kate Bush) fue uno de los momentos más épicos de lo audiovisual, en ambos casos: una adolescente enfrentando sus demonios al beat de una canción que, cuarenta años después, vuelve a los primeros puestos y a todas las playlist retro. La fusión entre trauma y estética, es la breve fórmula que define la serie.  


O quizás la respuesta está en que Stranger Things fue, es y será la gran serie que los 80´s no filmaron. Un hermoso collage de referencias que terminó teniendo vida propia. Logró transformar un mundo paralelo en una lección sobre nosotros mismos: lo que más miedo nos da y más nos enorgullece no está en otra dimensión, sino en el reflejo de una pantalla que nos muestra lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía no queremos dejar atrás. Porque al final, lo que Netflix vendió no fueron monstruos ficticios, sino memoria. Y en una era que olvida tan rápido, recordar también se volvió un acto de consumo.

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