¿Gobierno o fandom? La Playlist Oficial del Poder

El escenario convertido en show

La segunda vuelta dejó un país agotado y en modo espectador. El 19 de octubre, Rodrigo Paz se coronó ganador junto a Edman Lara, celebrando con su bancada del PDC —una propuesta que fue más un prompt mal hecho de ChatGPT que de ideología. Mientras el partido LIBRE de Tuto Quiroga procesaba su derrota escuchando The Winner Takes It All de ABBA, el país comprendía que lo que venía no era una gestión, sino una temporada nueva. Lara celebró aparte en Santa Cruz con grupos populares y transmisiones en vivo. Desde ese momento, el guión se escribió solo: un presidente que busca autoridad y un vice que busca atención. Lo curioso es que la estrategia funcionó. El país, harto del discurso tradicional, encontró en esta dupla una forma distinta de ver el poder. Y el país, desconcertado, entendió algo importante: ya no hay política, hay contenido.

Politica version fandom: la emocion reemplaza el argumento

La política boliviana entró de lleno en la era de la emoción. En lugar de plataformas ideológicas, los líderes apelan a la empatía, el tono humano y la vulnerabilidad calculada. Edman Lara encarna ese cambio: su figura sensible, su lenguaje emocional y sus monólogos en TikTok lo posicionan más como un personaje que como un político. Su estrategia es simple pero efectiva: comunicar no para informar, sino para conectar. Rodrigo Paz, por su parte, representa el polo opuesto: sobrio, medido, disciplinado y diplomático. Sin embargo, ambos explotan la misma lógica: la de un público que ya no busca políticas públicas, sino personajes en los que creer. Esta emocionalización del discurso político no es casual; responde al hartazgo ciudadano frente a la tecnocracia y la falta de credibilidad institucional. Pero sustituir la razón por el sentimentalismo también puede tener un costo: la banalización del poder.

Team Paz vs. Team Lara: la democracia como fandom

Bolivia ya no se divide entre izquierda y derecha, sino entre #TeamPaz y #TeamLara. Los primeros lo ven como la promesa de un estado eficiente capaz de defender la diplomacia y el control institucional; mientras que a Lara lo encuentran como una figura “humana” capaz de representar la sensibilidad popular, la lealtad a su patria y el alma sensible del pueblo.
Hay fan edits, hilos en X, memes, playlists y hasta merchandising casero: stickers con frases tipo “Paz, el presi que necesitamos” o “Soy la garantía”.

Detrás de esa polarización, sin embargo, se esconde un fenómeno más profundo: la fragmentación de la confianza. Ninguno de los dos proyectos logra construir una narrativa nacional sólida; funcionan como identidades parciales. El problema no es que existan estilos distintos, sino que esos estilos se consumen como productos. En ese contexto, la lealtad política deja de basarse en ideas y pasa a depender del carisma. La militancia se convierte en fandom, y la crítica, en traición.

La política como performance: del discurso al contenido

La comunicación política se volvió un acto estético. Las conferencias se iluminan, los discursos se escriben para titulares y los gestos se calculan como parte del guión. Rodrigo Paz comprendió que gobernar en el siglo XXI es también gestionar percepciones y comunicarse directamente con su fandom: sus gestos moderados y su Tour por medios internacionales lo posicionaron como un “nuevo tipo de mandatario y líder”. Además, su acercamiento a Estados Unidos con la reunión del secretario de estado, Marco Rubio, marca un giro hacia la derecha, en un intento de diferenciarse de los gobiernos anteriores. En cambio, Lara usa la visibilidad como arma emocional: el llanto y el reclamo público son su lenguaje político. Uno representa la institucionalidad; el otro, la insurrección emocional. El peligro es que ambos confunden comunicación con gestión: un gobierno puede ser coherente en el discurso, pero vacío en resultados.

La playlist del poder: cuando las canciones explican mejor que los discursos

Si el nuevo gobierno tuviera una banda sonora, comenzaría con “Viva la Vida” de Coldplay, himno del triunfo y del optimismo inicial. Pero pronto cambiaría a “Girl, It’s So Confusing” de Charli XCX, símbolo del caos interno que creció con los días. A medida que Paz consolidaba su poder —entre reuniones diplomáticas y mensajes de unidad— Lara protagonizaba su propia narrativa de abandono, transmitiendo en vivo su frustración por no ser atendido. El episodio con Nicolás Maduro en X, cuando Paz ganó una disputa digital con una frase ensayada, confirmó la tendencia: la política se volvía espectáculo. Cada acción estaba pensada para viralizarse, cada silencio para interpretarse. Y mientras el país observaba esa telenovela, se olvidaba de lo esencial: la construcción de políticas concretas. La dupla terminó funcionando como un espejo: un presidente que gobierna la imagen y un vice que gobierna el algoritmo de Tiktok.

El algoritmo como partido político

Hoy el verdadero enemigo no es la oposición, el congreso ni los votantes convencidos, es el olvido digital. La política boliviana se ajustó a las reglas del contenido: visibilidad, interacción y velocidad. Las decisiones se anuncian con eslóganes, los errores se corrigen con reels y la popularidad se mide en visualizaciones. La gestión se vuelve espectáculo porque el espectáculo da poder. Sin embargo, detrás de esa lógica digital se esconde un vacío estructural: sin instituciones sólidas ni confianza ciudadana, el país depende del humor colectivo. Si el algoritmo te favorece, existís; si no, desaparecés. En esa ecuación, el gobierno Paz-Lara simboliza la fragilidad de la democracia contemporánea: un sistema donde el poder político se confunde con la influencia digital, y la gobernabilidad se sostiene con engagement. Quizás ese sea el verdadero costo de gobernar en tiempos de conexión permanente: el Estado convertido en un trend.

En Bolivia, la política ya no busca gobernar el país: busca ocupar la pantalla.

Y vos, si scrollleás, sos parte del fandom.

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