El Show del Estatus: La “Cumavi” te viste igual

Seamos honestos. Lo primero que hacés cuando llegás a la ‘U’ no es repasar tus apuntes. Es escanear…

Escaneás las zapatillas del que está sentado a tu lado, la cartera de la chica que entra al aula, el distintivo de los jeans que vestís, el logo de la polera del chico que te gusta, la marca del celular que usan tus compañeros… Y sentís que ellos también te están escaneando.

Bienvenido a la universidad cruceña, la pasarela de moda más clasista, hipócrita y estresante de la ciudad.

En Santa Cruz, parece que tu pinta vale más que tu promedio y capacidad intelectual. Y esta dictadura silenciosa de la apariencia nos está enfermando la cabeza y vaciando los bolsillos. Hablemos de eso que todos piensan pero nadie se anima a decir en voz alta: el clasismo detrás de la moda universitaria en Santa Cruz.

No importa si vas a la “Gabriel” o a la “Privada”. El código visual es el mismo: tenés que “verte bien”.

Pero, ¿qué significa “verse bien” en Santa Cruz? No significa estar limpio o prolijo. Significa aparentar. Significa que tus zapatillas no pueden ser truchas (o si lo son, por lo menos que parezcan originales). Significa que tu mochila, tu polera o tu gorra tienen que gritar una marca.

La universidad dejó de ser un espacio de debate intelectual para convertirse en un desfile de estatus. Los pasillos son una competencia silenciosa de quién trae el último modelo de Nike, quién tiene la cartera Michael Kors (comprada al crédito) o quién se viste como el influencer de turno en TikTok.

Nos hemos tragado el cuento de que la moda universitaria en Santa Cruz es sinónimo de fast fashion importado. Y en esa carrera por “encajar”, estamos dejando de lado lo más importante: la autenticidad.

Esta presión es real. Es la ansiedad de abrir el ropero y sentir que “no tenés qué ponerte”… aunque esté lleno. Es el miedo a repetir el mismo jean dos días seguidos. Es la humillación sutil de que tu grupo te mire raro por no traer los zapatos correctos. Es, simple y llanamente, clasismo en su más cruda expresión.

Aquí es donde la historia se pone buena. Porque la realidad económica de un universitario promedio no da para un outfit de 100 dólares cada fin de semana.

Entonces, ¿cómo hace la gente para mantener esa fachada?

La respuesta está en el secreto peor guardado de la ciudad: la Cumavi.

La ropa usada, la americana, la de segunda mano. Esos fardos que llegan a Barrio Lindo, Los Pozos, la Cumavi o a los live de Tik Tok. Esa es la verdadera proveedora de la moda universitaria en Santa Cruz.

Y aquí está la hipocresía que tenemos que cuestionar: El mismo que te mira por encima del hombro porque tu polera no tiene logo, probablemente compró su ropa de marca en la misma feria que vos, pero jamás lo va a admitir.

Ir a la Cumavi es un arte. Es “cazar” tesoros. Encontrás Adidas originales, jeans Levi’s casi nuevos y poleras Zara por 20 pesos. Pero en nuestra cultura de la apariencia, admitir que comprás ropa usada es tabú. Es sinónimo de ser “pobre” o “miserable”.

Preferimos endeudarnos por unas zapatillas nuevas que admitir que somos maestros del reciclaje y la economía inteligente. Nos da vergüenza decir “esto es de la Cumavi”, pero no nos da vergüenza vivir estresados por aparentar algo que no somos.

¿Por qué carajo nos importa tanto lo que piensen los demás de nuestra ropa?

La respuesta es cultural. Vivimos en la sociedad de la apariencia por encima de la esencia. En Santa Cruz, se te perdona todo menos “no tener pinta”.

Los influencers locales han hecho un trabajo espectacular vendiéndonos un estilo de vida que no es real. Nos muestran hauls de ropa que la mayoría no puede pagar, creando un estándar falso que nos genera ansiedad.

Y las universidades son el caldo de cultivo perfecto para esta enfermedad social. Son el primer lugar donde chocan diferentes clases sociales. Y en vez de usar esa diversidad para enriquecernos, la usamos para juzgarnos.

Estamos creando una generación de futuros profesionales que saben perfectamente cómo combinar colores, pero que no tienen idea de cómo ser empáticos. Que valoran más un logo en el pecho que una idea en el cerebro. Que están dispuestos a ocultar su realidad económica (y sus hallazgos de la Cumavi) con tal de ser aceptados por un grupo que, probablemente, está igual de endeudado y estresado que ellos.

La pinta es una dictadura. Y como toda dictadura, se sostiene por el miedo. Miedo a ser excluido, a ser “el diferente”, a ser, simplemente, vos mismo.

Ya es hora de mandar al carajo esa presión.

La verdad, estamos hartos de la hipocresía. Queremos saber tu historia. ¿Alguna vez te sentiste juzgado por tu ropa en la ‘U’? ¿Sos un “Cumavi-lover” de clóset? ¿Vale la pena endeudarse por tu pinta?

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